
En el fútbol argentino de las décadas del 60 y 70, el famoso número 10 era lo que hoy se conoce como "interno" por izquierda. Un jugador que solía ser zurdo y se movía por esa franja con destellos de creatividad y talento pero sin dedicarse decididamente a la organización del juego. Carlos Babington, de Huracán, Mario Zanabria, de Newell's, Norberto Alonso, de River Plate, algunos exponentes.
Cuando Diego Maradona debutó en Argentinos Juniors, su rol era el típico del número 10 de esa época, un esquema que la Selección argentina replicaría en la Copa Mundial que ganaría en 1978 con Mario Alberto Kempes en ese rol central, en un 4-3-3 que explotaba la función de los extremos y con un centrodelantero bien definido asociado a la terminación.
En 1986, el concepto de número 10 era distinto y se orientaba a lo que un poco después se conocería en Argentina como "enganche"; es decir, el jugador que se ubicaba claramente entre la línea de mediocampistas y delanteros, una especie de conexión de esos espacios. Ese perfil se volvería más popular que nunca en la década del 90, con jugadores como Juan Román Riquelme, de Boca Juniors, Pablo Aimar, de River Plate, u Omar Palma, de Rosario Central.
Capítulo I: Maradona y las señales de un sistema perfecto (Argentina 3 vs. República Corea 1)
Para la Copa Mundial 1986, de la que se cumple el 40° aniversario, Carlos Salvador Bilardo ideó un plan que no solo tuvo que ver con el contexto colectivo de la Selección argentina si no también en el individual. Creó un 3-5-2 que tenía diferentes tipos de respaldos para encontrar la mejor versión para Maradona: laterales volantes que generaban amplitud y eran opción de pase permanente, una línea de mediocampistas (Jorge Burruchaga, Sergio Batista y Ricardo Giusti) y un delantero luchador que iba a los espacios y dominaba desde el aspecto físico como Jorge Valdano.
Contra Italia, el segundo partido de Argentina en la Copa Mundial, por el Grupo A que compartía con República Corea y Bulgaria, la Albiceleste se medía ante el defensor del título, la primera gran prueba. Fue un 1 a 1, con un golazo de Maradona, con un toque suave al costado del portero Giovanni Galli, que puso en evidencia las aspiraciones que podía tener el conjunto sudamericano, además de exhibir una prueba de la influencia y poderío de Maradona en el equipo.
El equipo europeo no era uno más. Era una potencia, no en su mejor momento pero igual peligrosa. Llegaba como campeón del mundo bajo el mando del mismo entrenador, Enzo Bearzot, un director técnico que no rompió con la tradición italiana de la dureza defensiva pero agregó libertad en el aspecto ofensivo con jugadores técnicos y menos rigidez. Carecía de la frescura de 1982 pero mantenía el oficio y, principalmente, la memoria competitiva.
En ese contexto, Maradona no fue ni el 10 de los 60/70 ni el enganche que vendría con el tiempo. Se trató de una especie de solista que no tenía una ubicación definida en el campo. La Copa Mundial España 1982 fue un golpe duro para el 10 argentino. No solo desde el resultado, cuando el campeón del mundo quedó afuera en la Segunda ronda luego de perder de manera indiscutida ante Italia y Brasil, si no desde el costado del funcionamiento. Con César Luis Menotti a la cabeza, el grupo de estrellas que había conseguido el título cuatro años antes sumaba a jugadores de la talla de Ramón Díaz y Maradona. Pero no funcionó. Maradona precisaba retroceder varios metros para pedirle el balón al pie a Américo Rubén Gallego u Osvaldo Ardiles, una suerte de doble pivote. Desde ahí, todo era desgaste y un largo camino hasta la posibilidad de generar peligro en el área rival. Dos goles ante Hungría en la zona de grupos dieron una muestra de su potencial, pero todo quedó ahí.
En México 86, Maradona presenta una versión mejorada en todos los aspectos. Físico (con una preparación especial que derivó en un cuerpo más fuerte y preparado para recibir golpes), técnico (un jugador capaz de asumir mucho más que solo la tarea de gambetear y gambetear) y táctico.
En el esquema que armó Bilardo, un entrenador mucho más aliado a lo practicado que a lo improvisado, Maradona jugó en base al instinto: se movió por todo el frente del ataque según su antojo, bajó a buscar la pelota hasta los lugares que fueran necesarios, se tiró a las bandas según la conveniencia del momento, fue el hombre más adelantado en las situaciones en las que consideraba que el negocio estaba bien arriba.
Maradona recorría todo el frente de ataque, aunque también retrocedía hasta la posición de lateral izquierdo o derecho, con rivales que presentaban una presión baja y comenzaban a apretar recién desde atrás de la mitad de la cancha. Ante Italia, Oscar Garré o Claudio Borghi le cedían el balón y pasaban sin posesión al ataque.
A nivel defensivo, tenía la única obligación de pasar la línea del balón. Pero cumplía. "Es una de las cosas que siempre hablamos nosotros, porque eso es solidaridad, eso es estar integrado y compenetrado en el equipo. Eso habla de un tipo que justamente fue a ganar el Mundial, no fue a ver qué pasaba. Porque realmente un tipo con semejante calidad, semejante estructura futbolística y todo lo que ofrecía Diego en ese momento, ayudarnos, porque a nosotros nos ayudaba mucho", dijo Ricardo Giusti a FIFA.com.
Más allá de la fantasía del gol y el empate ante el campeón del mundo que le daban cuatro puntos en el grupo, Argentina descansaba bajo dos conceptos bien marcados: su sistema y su jugador estrella funcionaban como una sinfonía.
